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Capítulo 1: El Despertar de una Conciencia

La historia de Blas no podría entenderse sin el fragor de la lucha que forjó su juventud. Durante el gobierno de Díaz Ordaz, el estado de Durango hervía en un silencioso descontento. El Cerro del Mercado, una gigantesca veta de hierro, era despojado de su riqueza mineral sin que ningún beneficio revirtiera en la tierra que lo vio nacer. El mineral viajaba en vagones de tren hacia las siderúrgicas de Monterrey, mientras el pueblo de Durango se quedaba solo con el polvo y la indignación.

Fue en ese caldo de cultivo donde estudiantes del Tecnológico y de la Universidad del Estado, históricas rivales, encontraron una causa común. Las diferencias se disolvieron ante la injusticia y, unidos, tomaron el cerro en un acto de desafío. Blas, joven e idealista, estaba allí. Participó en acciones audaces, como el descarrilamiento de los vagones que cargaban el fruto robado de su tierra, un acto simbólico para detener la hemorragia de recursos.

Durante meses, el cerro se convirtió en su fortaleza y su hogar, un campamento de resistencia bajo el vasto cielo duranguense. La respuesta del gobierno federal no se hizo esperar: soldados rodearon el cerro con sus bayonetas caladas. Pero el fantasma de Tlatelolco y la masacre perpetrada por los siniestros Halcones, aquellos esbirros del presidente, estaba demasiado fresco. El miedo a otra carnicería frenó la mano del ejército. Optaron por la estrategia del diálogo y la compra de conciencias, corrompiendo a los líderes estudiantiles de ambas instituciones.

Aquel movimiento marcó el principio del fin para el gobernador Enrique Dupré Ceniceros, cuyo nombre empezaría a borrarse de la historia oficial del estado. Este personaje, caído en desgracia, sería una sombra persistente en el desarrollo de los acontecimientos que vivió Blas.