En el panorama político de aquella época, el Lic. Eduardo Pesqueira emergía como una figura tan poderosa como peculiar. Muy cercano al presidente, este personaje ostentaba una casa en Jiutepec, Morelos, donde su excentricidad llegaba al punto de enviar personal técnico para inocular maíz y producir huitlacoche —el hongo considerado manjar de los dioses en la cocina mexicana—, probablemente para su propio consumo o para extravagantes cenas.
Su personalidad era tema recurrente en los pasillos del poder. En las reuniones de gabinete, no disimulaba su desdén hacia el Lic. Carlos Salinas de Gortari, de quien se burlaba con una mordacidad que pocos se atrevían a mostrar. Sus rarezas físicas también eran fuente de comentarios: su considerable corpulencia le impedía, para regocijo de algunos, entrar en la cabina de un tractor.
Pero sus escándalos no se limitaban a lo político o lo físico. Pesqueira mantenía un amorío notorio con una dama casada que residía en una hacienda de Cocoyoc. El idilio llegó a un punto crítico cuando el marido ofendido los sorprendió juntos en una cabaña del balneario de Oaxtepec. Se produjo una trifulca en la que, gracias a su imponente complexión, Pesqueira salió victorioso. La policía local intervino y los detuvo a ambos, pero al identificar al poderoso funcionario en las oficinas, lo liberaron de inmediato, dejando clara la impunidad que su posición le confería.
