El grupo de Blas fue enviado a los viveros de Nativitas, donde durante meses se les inculcó el conocimiento desde la raíz, trabajando codo a codo con la tierra. La vida en la capital era austera. Uno de los compañeros consiguió alojamiento para el grupo en la colonia Narvarte, en un cuarto de láminas en la azotea de un obrador, donde una madre y su hija les abrieron las puertas de su humilde hogar. Dormían en el suelo sobre colchonetas, pero el calor humano compensaba la dureza. Cuando el grupo recibió su primer sueldo, su primer acto fue reunir una suma de dinero para esa familia, como un sincero agradecimiento por su amabilidad y cariño desinteresados.
El periplo continuó en Puente de Ixtla, Morelos, en la granja “El Abanico”. Allí, entre prácticas de vivero y cursos nocturnos, el Ing. Félix de la Garza, un hombre de edad avanzada y corazón bonachón los cuidaba como si fueran sus hijos. Bajo su tutela, el grupo se fusionó con otro contingente de ingenieros provenientes de Chihuahua.
Las giras de aprendizaje los llevaron luego a Veracruz. Allí, un ingeniero de estatura bajita, de apellido Castañeda, se ponía nervioso al conducir la camioneta por las espesas neblinas de Perote, y les pedía ayuda a los jóvenes para que fueran sus ojos y le gritaran el rumbo de la carretera. Tras inspeccionar huertos de cítricos y mango, regresaban a la sede para continuar con sus actividades.
La siguiente parada fue Tixtla, Guerrero. El vivero colindaba con la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Los fines de semana, el segundo grupo, más experimentado en los avatares de la vida, los invitaba al puerto de Acapulco. Pernoctaban en la playa, bajo las estrellas. En el grupo destacaba el Ing. Vicente Flores, quien por las noches los llevaba a un lugar tipo discoteca. Gracias a su buen inglés, se acercaba a mujeres turistas, presumiendo de llevar a “sus trabajadores” a divertirse. Al final de la velada, con una seña discreta, les indicaba que salieran uno por uno, evadiendo con astucia el pago de la cuenta.
Una anécdota curiosa de esas noches en Acapulco era la presencia de los amigos de lo ajeno. Mientras ellos disfrutaban, los ladrones vaciaban las maletas del vehículo. El descaro llegaba al punto de que, en el camino de la costera, Blas y sus compañeros encontraban restos de su correspondencia personal, leída y luego desechada por los mismos que les habían robado.
Finalmente, un día, el entrañable Ing. Félix de la Garza se acercó a Blas con una noticia que marcaría un nuevo rumbo. “Hay un nuevo programa —le dijo— en la Sierra Madre Occidental, en los estados de Nayarit, Jalisco y Durango. Se llamará Plan HUICOT”.
