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Capítulo 4: La Sierra y sus Guardianes: El Plan HUICOT

El Plan HUICOT se desplegaba en la vastedad de la Sierra Madre Occidental, un territorio ancestral custodiado por pueblos de profunda raigambre y resistencia.

Los huicholes habitaban los municipios jaliscienses de Mezquitic y Bolaños, extendiendo su presencia hacia las costas y valles nayaritas cercanos a Ruiz y Acaponeta.

Los Coras, guardianes de sus tradiciones, tenían su corazón en la Mesa del Nayar, en comunidades como Santa Teresa y Linda Vista, donde su dialecto y organización social permanecían vibrantes, al igual que en Jesús María. Sus asentamientos se extendían también a Jalisco y al municipio de Mezquital, en Durango.

Los Tepehuanos u O’Dam (los del sur, para distinguirlos de sus hermanos del norte en Durango y Chihuahua), habitaban el extremo sur de Durango. Sus comunidades, regidas por un sistema de propiedad comunal, se esparcían por Pueblo Nuevo (Bernardillo, Milpillas Chico, San Francisco de Lajas) y el Mezquital (María Magdalena, Taxicaringa, Santiago Teneraca, San Francisco y Santa María Ocotán), con presencia también en Nayarit y Zacatecas.

Fue el ingeniero Félix de la Garza quien le tendió el nuevo reto a Blas: unirse al Plan en esa región serrana que, irónicamente, estaba cerca de su tierra natal, solo separada por las imponentes montañas. Blas aceptó. (Anexo 1).

Se trasladó a Tepic, Nayarit, donde se presentó con el representante de Conafrut, el agente general de Agricultura y el licenciado Rueda, vocal ejecutivo del Plan. Le explicaron que su labor sería realizar estudios de área para establecer huertos frutales, viajando en avioneta a localidades inaccesibles. Omisión crucial: nunca le mencionaron que el boleto de regreso correría por su cuenta. Aun así, Blas aceptó; el desafío profesional lo llamaba.

Durante casi un año, surcó los cielos y recorrió veredas para estudiar el terreno. Sus informes, elaborados a mano en una época sin computadoras y donde las máquinas de escribir eran privilegio de las secretarias, eran meticulosas crónicas de la tierra.

En tierras de Nayarit fue testigo del cambio de gobernador tradicional cora, una festividad que se extendía por días. Presenció, maravillado, un ritual de jinetes cruzando sus caballos a toda velocidad, formando una “X” bajo un torbellino de coloridas vestimentas, todo acompañado del consumo de mezcal y del tradicional tlachique o pulque.

Fue allí donde también constató la crudeza del abuso: mestizos que pagaban salarios miserables a los jornaleros indígenas. A pesar de ello, la gente originaria, de una bondad inquebrantable, le ofrecía comida, negándose con dignidad a aceptar cualquier pago.

En la sierra de Jalisco, territorio huichol, el frío en Santa Teresa era cortante. Blas recordaba con gratitud la chamarra con cuello de piel que su hermano Luis le regaló, tan calientita que incluso fue blanco de una crítica mezquina del licenciado Rueda, quien la tachó de “lujosa” desde la comodidad de su oficina, en visitas fugaces que nunca se prolongaban.

En Durango, entre los tepehuanos, la inocencia de los niños se convertía en juego. Le hacían bromas hablándole en su dialecto, y Blas les respondía con las pocas palabras que aprendía: “puritos”, “nanine”. Los pequeños quedaban sorprendidos y encantados. Fue en una de estas comunidades donde conoció a un joven mestizo que le narró una historia sombría: días atrás lo habían contratado para adentrarse en una cueva con una cascada en busca de tres jóvenes extraviados. La expedición terminó en tragedia: tras arrastrarse por angostos túneles y nadar en aguas heladas, encontraron los tres cuerpos: uno en cuclillas, otro recargado en la pared y el último tirado en el piso, víctimas de la hipotermia. El relato de la hazaña y el rescate póstumo era estremecedor.

De aquel encuentro nació una sólida amistad. Su nuevo amigo, un tepehuano nacido en el norte de Durango que el destino había llevado a trabajar a un aserradero en Mezquital, se convirtió en su guía fiel en múltiples incursiones. Lo acompañaba a caballo por veredas intrincadas, llevándolo incluso a presenciar, por segunda vez para Blas, el cambio de un gobernador tradicional, una celebración que duraba días.

La Sierra era un mosaico de climas extremos: desde gélidas mesetas a -20 °C hasta barrancas tropicales a 40 °C. La vegetación iba de pinos y encinos a una sorprendente variedad de frutales silvestres: limón, naranjo, guayaba, aguacate, pitahaya, chirimoyas, zapotes e incluso mango y papaya en algunas zonas.

El último estudio de suelo estaba concluido. En aquella comunidad remota de Nayarit, donde el mundo moderno parecía una promesa lejana, los lugareños le dieron la noticia con la naturalidad con la que se habla del clima: la avioneta que lo llevaría de regreso tardaría al menos tres días en llegar. Ante la perspectiva de una espera tan larga, preguntó por la ruta terrestre. “La población más cercana está a seis horas de camino”, le dijeron.

Decidió no esperar. Contrató a un guía local y a un caballo —él prefería caminar— y emprendieron la travesía por veredas que serpenteaban entre la espesura. La sierra era un organismo vivo que respiraba a su alrededor, hasta que de pronto, el guía alzó su mano firme. Su mirada era una orden silenciosa. “Baje del caballo y no hable”, susurró con una urgencia que le heló la sangre. “Hay un oso cerca”. Contuvieron el aliento, el silencio se volvió absoluto, y retrocedieron con una lentitud agonizante, deshaciendo sus pasos un buen trecho hasta que el peligro invisible quedó atrás.

Para cuando reanudaron la marcha, el sol comenzaba a ceder ante el crepúsculo. La oscuridad se enredaba entre los pinos. “¿Cuánto falta?”, preguntó, ya con cierta desesperación. “Un minuto nada más”, respondía él, una y otra vez, con una calma que contrastaba con su impaciencia. Sus “minutos” se estiraban en la penumbra, cada uno durando lo que parecían horas, hasta que, al fin, agotados, avistaron las pocas luces de la comunidad.

Los recibió un maestro del Instituto Nacional Indigenista, quien, en la sombra, lo confundió con el colega que esperaba. Tras aclarar el equívoco, su hospitalidad fue inmediata. Le ofreció alojamiento y, antes del amanecer, ya estaba de pie en la rudimentaria pista de aterrizaje, esperando el rumor de un motor.

Cuando la avioneta finalmente aterrizó, levantando una nube de polvo, el piloto bajó y preguntó su nombre de inmediato. Al confirmar su identidad, anunció a los otros pasajeros que él tenía prioridad. La noticia venía con una condición: “Tiene que pagar su pasaje”, le advirtió. Ya en el aire, mientras la Sierra se empequeñecía bajo ellos, el piloto reveló el motivo real de la urgencia: “En Tepic estaban preocupados. Teníamos órdenes de localizarlo a toda costa”. De vuelta en la oficina, la modernidad seguía siendo una aspiración. Se sentó ante el escritorio y volcó toda la experiencia en informes meticulosos, escritos a mano. Las computadoras eran aún un sueño lejano y las máquinas de escribir, territorios exclusivos de las secretarias. La tinta sobre el papel se convirtió en el único testimonio de aquella aventura en la Sierra.