El regreso a la Ciudad de México tras la exhaustiva comisión en la sierra no fue triunfal. Lo que comenzó como una leve molestia en la rodilla izquierda de Blas durante los últimos viajes —un simple roce incómodo al bajar de los caballos o al caminar por terrenos quebrados— se transformó en la capital en un dolor agudo y punzante. Una mañana, al levantarse de la cama, Blas sintió una punzada tan intensa que la pierna se negó a sostenerlo. El cuerpo, por fin, le pasaba la factura de meses de exigencia en veredas imposibles, noches a la intemperie y el frío húmedo de la sierra.
Cojeando visiblemente y con el ceño fruncido por el esfuerzo, decidió que esa incapacidad no sería en vano. Aprovechó la forzosa inmovilidad para solicitar una audiencia con el mismísimo director general, el Ing. Sánchez Colín. No se presentó como un empleado lesionado, sino como un hombre que regresaba de una misión cumplida. Extendió sobre el escritorio sus informes manuscritos, las notas meticulosas y los comprobantes de gastos que había pagado de su propio bolsillo. Sánchez Colín, más que impresionado por los documentos, pareció conmoverse por la determinación silenciosa del hombre que tenía frente a él, que apenas podía mantenerse en pie. Con una autoridad que no admitía réplica, giró instrucciones inmediatas para el reembolso total de todos sus gastos. “Estamos gestionando que todos ustedes tengan acceso al ISSSTE”, le explicó, reconociendo de facto la precariedad de sus condiciones. “Mientras tanto, quiero que se ponga a las órdenes del Ing. Lezama Mayorga, en Patología Vegetal”. (Anexo 2).
La promesa de atención médica se estrelló contra el muro infranqueable de la burocracia hospitalaria. Meses de trámites se acumularon en interminables visitas al hospital, donde siempre recibía la misma respuesta fría: no hay camas, la lista de espera es larga, vuelva la próxima semana. Cada negativa amplificaba su impotencia, que crecía al compás del dolor sordo que ahora gobernaba sus días.
La solución llegó de manera abrupta cuando Blas, exasperado por la interminable espera, comentó su situación con el subdirector de la institución. Bastó esa mención casual —esa posibilidad de un conflicto interinstitucional— para que las puertas se abrieran como por arte de magia. Una llamada del subdirector del hospital a su personal bastó para comunicarle que “afortunadamente” se había liberado una cama y que su cirugía estaba programada.
El diagnóstico, finalmente confirmado tras tanta espera, fue contundente: meniscos fracturados. La intervención quirúrgica resultó exitosa, pero lo condenó a un mes de lenta y tediosa recuperación, un periodo de forzosa paciencia que contrastaba dolorosamente con su naturaleza activa y acostumbrada al movimiento.
Fue durante esa convalecencia obligada, en el silencio de su habitación, cuando su mente volvió a la sierra y a las personas que había conocido. Recordó con especial claridad la astucia y el valor inquebrantable de su amigo tepehuano. “Tanta fuerza desperdiciada”, pensó. Y entonces, una idea tomó forma: lo buscó y le tendió la mano una vez más. Le ofreció la oportunidad de estudiar en la escuela de fruticultura, con duración de dos años. Era una forma de honrar su amistad y de invertir en un potencial que había visto de primera mano.
La vida en la capital, lejos de la austeridad del campo, también deparaba sus momentos de distensión. En un viaje de fin de semana a una hacienda en Tianguistengo, Querétaro, el grupo de compañeros se solazó en la fiesta del santo patrón del pueblo. El mezcal fluía y las risas eran altas. En medio de la banda, una de las compañeras —ya bien entrada en copas— tomó la palabra y comenzó a cantar. Su voz, sorprendentemente dulce y llena de sentimiento, surcó el bullicio y hechizó la noche. Entre todos los presentes, fue el tepehuano quien quedó más profundamente cautivado. La mirada fija, una sonrisa tímida pero irrevocablemente dibujada en su rostro, no necesitó palabras. Esa canción, en ese lugar, fue el inicio de un romance que, contra todo pronóstico, encontró su espacio para florecer y prolongarse en el tiempo.
